Comida chatarra en el comedor escolar: ¿debería preocuparnos?

Foto: Patricia Maine Degrave (PixaBay)

En estos días es noticia que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, revertirá una iniciativa de la ex primera dama Michelle Obama para ofrecer comida saludable en las escuelas de ese país.

Del otro lado del Atlántico, en España y otros países, destacados difusores y profesionales de la medicina hacen grandes esfuerzos también por mejorar la calidad de lo que nuestros hijos comen en el cole.

Aunque los esfuerzos por mejorar la calidad de la alimentación en las instituciones educativas son muy loables y necesarios, creo que hay que mirar la alimentación de los niños desde una perspectiva más amplia y no solo lo que comen cuando van a clases.

Antes, quisiera puntualizar algunas cosas. Es cierto que la iniciativa de Michelle Obama fue un paso en la dirección correcta, pero hay que tener en cuenta también que por distintos factores, entre ellos la presión de la industria alimenticia, el menú de la primera dama no era ideal.

Entre las cosas que le erizarían el cuero cabelludo a cualquier nutricionista serio, el programa consideraba que la salsa de la pizza contaba como una de las cinco porciones de frutas y verduras que se deben tomar -como mínimo- al día. Eso equivale a decir que los trocitos de nueces en un brownie equivalen a una porción de frutos secos.

Otro “virus” en ese sistema, era que contabilizaba las porciones de alimentos saludables distribuidos, no los efectivamente consumidos por los niños. En el colegio de nuestros hijos en Maryland, por ejemplo, se repartía una pieza de fruta por cada niño, pero casi todos la volvían a colocar en una bandeja dispuesta para tal fin.

Nuestros hijos, por suerte, solían comerse la que les correspondía, alguna más que tomaban de la bandeja de las “rechazadas”, y con frecuencia una tercera que se guardaban para más tarde o para comer el autobús de regreso a casa.

Lo mismo pasaba con las porciones de verduras y otros alimentos considerados saludables bajo los parámetros del programa. Ponerlos en las bandejas de los niños no significaba que se los comieran. De hecho, la mayor parte de las verduras terminaban en el contenedor de residuos orgánicos.

Por otro lado, y aunque las cafeterías de las escuelas estuvieran repletas de comida sana, los pasillos estaban llenos de máquinas expendedoras de refrescos, chips y golosinas. Es cierto que son una fuente de mala alimentación, pero también suelen ser un ingreso adicional para escuelas que a veces lo necesitan desesperadamente.

De modo que la decisión del presidente Trump de que regresen a las escuelas sus comidas favoritas (pizzas, gaseosas, hamburguesas y taco bowls, por lo que nos cuenta la prensa) no cambia demasiado el panorama de lo que ya ocurre en la mayoría de las escuelas de Estados Unidos.

Del mismo modo, de las escuelas que en España ofrecen menús saludables, no sabemos cuánto de eso efectivamente es consumido por los niños y cuánto termina desperdiciado. Además, la oferta de comida chatarra dentro y en los alrededores de los colegios es igualmente abrumadora.

La comida poco saludable es una realidad casi universal. Los niños son la audiencia favorita de las empresas comercializadores de gaseosas, snacks y comida chatarra. Esa es la realidad tanto en España como en Estados Unidos. ¿Cómo la enfrentamos?

Lo primero es tomar en cuenta que nuestros hijos hacen en la escuela solo cinco de un total de 21 comidas semanales (si calculamos tres al día). Es decir, tenemos otras 16 comidas para cultivar hábitos saludables. O más bien, sabiendo que durante los días de escuela están expuestos a alimentos poco recomendables, tenemos la oportunidad de llevarlos de alimentos de buena calidad el resto del tiempo.

Así que llena tu nevera de verduras, compra mucha fruta de temporada, y evita las gaseosas, los chips y las golosinas: ya hay mucho de eso fuera de tu casa. Busca recetas en internet, prepara sopas, cremas, ensaladas, platos con legumbres (lentejas, garbanzos, judías).

Al salir de clases, recíbelos con un fruta, cuando salgan de paseo, lleva una buena cantidad de frutos secos (nueces, almendras, cacahuates) para ofrecerles. Tomen agua, solamente agua, nada más que agua.

El menú escolar de Trump no es ideal (como tampoco era perfecto el de Michelle Obama), en las escuelas de casi todo el mundo hay una oferta excesiva de productos poco saludables. Hay mucho por hacer en ese terreno, muy poca conciencia y mucha inversión en publicidad de la industria de los alimentos.

Tenemos que pensar del mismo modo que lo hacemos con el calentamiento global. Hace falta una acción coordinada y a todos los niveles para resolver el problema. Mientras tanto, millones de personas contribuyen separando la basura para reciclar, además de ahorrando agua, combustible o electricidad.

Para mejorar la alimentación de nuestros hijos hace falta mucho esfuerzo de mucha gente muy poderosa que no tiene la salud de nuestros niños entre sus prioridades. Lo que podemos hacer nosotros, mientras tanto, es seguir alimentando a nuestros hijos lo mejor que podamos, sin preocuparnos demasiado por la pizza en el colegio.

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