¿Qué hacemos con los caramelos de Halloween?

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Vivimos en este país, nos toca adaptarnos a sus costumbres. Sin embargo, Halloween siempre ha sido una fuente de conflictos familiares. 

Claro que nos encanta decorar la casa, soñar con los disfraces y disfrutar de la rarísima ocasión de convivir con los vecinos mientras vamos de puerta en puerta.

Y además, recordamos a los espíritus. No a los espíritus anónimos, ni los de las películas de terror para adolescentes, sino los de la gente que quisimos y ya no está.

En nuestro caso, los abuelos maternos, la bisabuela, una prima muy joven. Estas fechas nos dan la excusa para recordarlos con cariño y hablar con los niños de lo que representan esas personas en nuestras vidas.

A fin de cuentas, de eso se trata esta celebración. Como la del Día de Muertos, en la tradición católica.

Pero para los niños, este día también es una bacanal de la sacarosa. “¡Azúcar!”, decía Manuel hace un par de días. “¡De eso se trata Halloween!”.

La exclamación tenía forma de reclamo, porque estábamos tratando de decidir qué golosina sin azúcar podíamos repartir entre los niños del vecindario que vinieran a tocar nuestra puerta.

Y tenía razón: cada uno de ellos regresó con no menos de dos kilos de golosinas de todo tipo. Una cornucopia de azúcar, colorantes y grasas hidrogenadas. Todo producto de milagrosas fórmulas químicas que podrían sobrevivir a una hecatombe nuclear y seguir siendo comestibles (es un decir).

Nuestro dilema ahora es: ¿Qué hacemos con cerca de seis kilos de maltodextrosa, amarillo No 5 y jarabe de maíz?

El conflicto del que hablaba al principio viene porque lo primero que hacemos siempre es “decomisarlos”. Es decir, asumir la administración de cuándo y en qué cantidades pueden comerse las golosinas de Halloween. Una decisión que, como se imaginan o saben, no es popular entre las masas.

Una vez decidimos guardarlo todo en el sótano, y los ratones -barriga llena y corazón contento- se multiplicaron, bueno, como ratones. La compañía de exterminación nos declaró clientes del año.

Al año siguiente, los guardamos en la despensa. Y a pesar de nuestro intento por controlar el consumo, los niños dieron cuenta del botín en pocos meses.

Otra opción sería donarlos. Pero eso sería trasladar a otros niños el consumo irresponsable de azúcar. Y no es la idea.

Así que ahora estamos de nuevo a las 9 de la noche del 31 de octubre como el año pasado: guardando disfraces, supervisando la cepillada de dientes y decidiendo qué hacer con las golosinas de Halloween. ¿Se les ocurre alguna idea?

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Nota: este año en nuestra casa repartimos bolsitas de pop corn (perdón por el anglicismo, pero el maíz reventado tiene tantos nombres distintos en los países donde nos leen, que prefiero evitar confusiones). 

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