Niños, ¡al mercado!

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niños en el mercado

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Mira la foto. Tres niños felices en un mercado. A pesar de sus caritas sonrientes, la verdad es que no hay nada que a nuestros niños les disguste más que ir a buscar la comida de la semana. Sin embargo, siempre los llevamos. 

Es el mismo ritual todos los fines de semana. Cuando los adultos decimos “¡vamos al mercado!”, estalla la rebeldía: “¿Por qué siempre tenemos que ir al mercado?”, “¿Por qué no vas tú solo?”, “¡Yo NO voy a ir al mercado!”.

Y cuando llegamos al puesto callejero de frutas y verduras o al supermercado, todo cambia para peor. La rebeldía de antes se convierte en una explosión idetenible de energía que los hace correr por pasillos llenos de de latas y recipientes de vidrio. O, de pronto, dos luchadores de sumo se transan en un combate a milímetros del bastón de una frágil abuelita, mientras un karateca solitario decide probar la fuerza de sus puños en las bolsas de pan.

Otras veces, alguno de ellos emprende una travesía solitaria, y parece no escuchar las voces angustiadas que lo llaman por todos lados, mientras su compinche (porque esto sólo puede ser obra de alguna especie de agrupación delicitiva) hace una gran pataleta porque el adulto a cargo de la compra se niega a explicarle por trigésimocuarta vez por qué no van a comprar la bolsa de caramelos, al tiempo que el tercer secuaz lanza una diatriba pre-adolescente (es decir, a todo pulmón) sobre su derecho a utilizar el celular de su padre o de su madre para jugar su juego favorito.

En resumen, ir con los niños (con nuestros niños) a hacer el mercado es una experiencia que pone a prueba los límites de la paciencia y todos los argumentos a favor de la familia. Pero los llevamos al menos una vez por semana.

¿Por qué nos sometemos voluntariamente a esta prueba semanal? Porque en el mercado también se aprende a alimentarse bien.

Entre un combate de sumo y una pataleta, aprenden, por ejemplo, a escoger los tomates. O con las habilidades matemáticas que están aprendiendo en la escuela, pueden ayudar a decidir qué es más conveniente comprar de acuerdo al presupuesto disponible. Si tienen ganas de pasearse por los pasillos, pueden aprovechar y pasar por la nevera de la leche y traerla hasta el carrito, acordándose de mirar la fecha de vencimiento, eso sí.

Administrar el dinero, seleccionar los alimentos, planificar el menú de la semana, entender el valor nutritivo de las distintas opciones… hay miles de cosas que los niños pueden aprender participando en la compra semanal.

Por eso los llevamos al mercado. Aunque lo odien.

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